Dormimos en mi casa, por primera vez, luego de un mes de que solo nos abrigara tu cama. Estabas cómodo, desnudo, mimándome y besándome en cada parte de mi cara, como contando los besos hasta llegar al infinito.
Con miedo, susurré, “te quiero”. Dejaste de besarme y me preguntaste qué había dicho. Imaginé que no me habías escuchado. “Te quiero”, insistí, mientras mi corazón palpitaba de ansiedad.
Con los ojitos achinados y la sonrisa más tierna que vi en mi vida, me respondiste “Yo también te quiero”, y un abrazo blanco nos envolvía en el frío de una noche de abril.
Estabas descansando sobre mi cuerpo, leyéndome sobre una revolución latinoamericana. En ese momento, mi corazón estaba latiendo despacito, olvidándose por un instante que no es eterno.
"Cantar y bailar en un cielo estrellado
De pastos verdes atolondrados
Donde cantan las cigarras al horizonte rayado
De penas y tristezas en un suelo mojado."
El día de San Valentín inundado de dudas que me hacen pensar, todo el tiempo, en qué es lo que quiero.
Dudar está bien.
Dudar está mal.
No se trata de una cuestión moral, se trata de lo que uno quiere o desea.
Pero… ¿Quién está seguro de lo que quiere? ¿Quién satisface cada uno de sus deseos?
Al fin y al cabo, los deseos son eternos. Nunca estamos conformes con lo que tenemos, y lo que realmente tenemos no le damos la importancia que tiene hasta que se esfuma.
¿Tengo que esperar perder algo para poder saber si realmente lo deseaba?
En fin. Feliz San Valentín para quienes aman fuerte.